Rara es la boda a la que no vamos y nos damos cuenta de que existe alguien en el mundo que desconocíamos pero que nos alegramos de ver. La típica hembra que ya te cruzas por la iglesia, pero que por eso de ser un lugar sagrado tratas de respetar e impedir que la mirada la viole. Luego ya en el convite vuelves a verla, pero como de costumbre, esa moza que te ha encandilado no cae en la misma mesa que tu. Habla con el que tiene a un lado, con unas cuantas menos agraciadas que ellas por Afrodita, y entonces os cruzáis la mirada. Tienes dos elecciones: o le mantienes la mirada a ver qué hace, o la dejas si te da vergüenza el cuchicheo que va a tener de inmediato con su grupo de jamelgas acerca de si alguna sabe quien eres. Lo importante es que nadie sepa nada, ni el novio ni la novia, y así no crecer el fervor y conversaciones de las abuelas y madres sobre próximos casorios.
El convite, después de los platos ya da paso a los brindis, bailes y barra libre. Ya a elección de cada cual si todo queda en miradas y aguantas el calentón luego cuando todo ha terminado; o si en uno de sus viajes a la barra, a la que por cierto suele ir sola, nos las ingeniamos para coincidir con ella pidiendo y tras un cruce de frases atrevidas, aunque de justa longitud pero claras intenciones, acabamos en los aseos o algún coche alegrándonos la celebración.
De regalo un par de joyas:



